Plomo en las trompetas

Gabriel caminaba tan apresuradamente por los pasillos del Edén, que a punto estuvo de llevarse por delante a Hidaías. Jadeante, le inquirió con apenas un cauce seco de voz:
– ¿Has visto a Abadón y los suyos?
– ¡Ah! Esos… seguro que están ensayando, para variar – respondió Hidaías sacudiéndose los restos de plumas sueltas por el encontronazo.
Gabriel siguió su camino a la carrera mientras gritaba:
– ¡Gracias, Hidaías!, prepárate porque ¡Hoy es el día!
De la estancia salía música de jazz. Gabriel no se molestó en llamar e interrumpió el ensayo. Los siete ángeles dejaron de soplar en sus brillantes trompetas de oro repujadas de piel de carnero. Gabriel empezó a hablar solemnemente:
– El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que camina en medio de los siete candelabros de oro, el Alfa y el Omega ha tomado una decisión. Hoy es el día. Por lo que el que bajó a la tierra por primera vez como cordero tiene intención de volver como león. Abadón, encárgate de los preparativos.
El grupo de ángeles estalló en una algarada festiva:
– ¡Por fin! ¡Después de tantos ensayos llegó la hora de ponerse en acción!
Gabriel volvió a hablar una vez se apaciguaron los gritos de júbilo:
– Abadón, El que todo lo ve ya está en su trono. Vestid vuestras mejores túnicas, sacad brillo a vuestras trompetas y bajad a la tierra de inmediato. Que con el atronar de vuestros instrumentos no quede piedra sobre piedra.
Abadón hizo una graciosa reverencia ante el arcángel y respondió:
– Así se hará, Gabriel. ¡Benzohet, Eliaquim, Isacar, Jeremot, Magog ,Selumiel! ¡Llegó el momento para el que nos hemos preparado durante tanto tiempo!¡ No podemos defraudar al Principio y a la Vida!

Gabriel se encontró al Verbo cómodamente reclinado en su trono celestial releyendo el Apocalipsis. Este se quito con calma sus lentes de montura nacarada, dejó el libro a un lado y sonriendo habló así al arcángel:
– Mi querido Gabriel, mi fiel escudero… Supongo que si Juan soñó que el final sería así, no podemos defraudarle, ¿verdad? ¿Está todo listo?
– Si, Padre eterno. Los ángeles ya deben haber bajado a la tierra y los jinetes esperan impacientes.
Tras él los caballos piafaban nerviosos. Allí estaban sobre sus monturas y esperando su momento el de la corona en la mano, el de la espada, aquel que sostenía una balanza y el último que todos conocían por el nombre de Muerte.

Paso tiempo, tanto tiempo sin que nada sucediese que hasta al Creador de todo le pareció una eternidad. Y éste mandó a Gabriel en busca de noticias de los ángeles anunciadores. Los alazanes pateaban impacientes el suelo.
Volvió Gabriel confuso y pálido como la cera y dijo así al Omnipotente:
– Padre eterno… Creo que será mejor que venga y lo vea con sus propios ojos…
Fueron los dos a las estancias de los siete ángeles, y allí se los encontraron envueltos en una acalorada polémica:
– ¡Pero cómo puedes pretender empezar con Louis Armstrong!¡Tanto ensayo para quedarnos con Louis Armstrong!
– ¡Me niego a tocar nada de Charlie Parker! ¿Bebop en un apocalipsis? ¡No es nada serio!
– ¡Os recuerdo a todos que habíamos acordado todos tocar “Round Midnight” de Miles Davis!
– ¡Dizzy Gillespie, Dizzy Gillespie o yo no toco nada!

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Mejores fechas que estas para unirse a la tropa y hacer regalos sin tener que ir al Corte Ingles no hay.
Los guipuzcoanos Munlet, que estuvieron tocando en el Iguana en Junio del año pasado te regalan su anterior trabajo, Clínica de ruidos, en formato descarga.
En sus propias palabras, MunLet es una palabra inédita a la que Herr Profesor (guitarra, programaciones) y Lady Fingers (voz, sintetizador, theremin) tratan de dar contenido, fabricando a un esquema musical apoyado en la electrónica, pero con el punk mas atrevido, eléctrico y seductor en mente y todo ello bañado en cierto halo de oscuridad y experimentación y siempre intentando buscar nuevas reacciones en el público.
Podrás descargar Clínica de ruidos aquí, y gracias Munlet!!

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Jasón y la calle Argonautas

Durante años le había pasado lo mismo una y otra vez, repetidamente. Y siempre había sido en esa calle maldita. La calle Argonautas. Pero esta vez Jasón había tomado una decisión muy importante a sus quince años. Jamás volvería a pisarla. Era el 18 de octubre de 1984.
Hasta entonces Jasón había tenido que pasar invariablemente por Argonautas de Lunes a viernes para ir de su casa al colegio. E invariablemente todas las semanas perdía cosas en esa calle. Un día era un sobre de Monta-plex, al siguiente su bote de blandiblub verde fosforito o un puñado de chicles Cosmos. Por supuesto durante tiempo Jasón lo atribuyó (igual que su madre) a que era un desastre y un despistado. Pero cansado de su mala suerte decidió demostrarse a sí mismo que la culpa no era suya sino de aquella calle estrecha y que olía persistentemente a las morcillas del ultramarinos Trini. Durante días en su mochila solo llevó algo doloroso de sacrificar, sus cassetes (originales) de Radio Futura. De todas formas había perdido su walkman semanas antes. Y fue comprobando día tras día que estaban en el interior de la bolsa antes de adentrarse en Argonautas.
El 18 de octubre de 1984 a las 18.20 horas, “La ley del desierto, la ley del mar” y “Música moderna” desaparecieron misteriosamente de la mochila de un chico de 15 años en algún lugar de la calle Argonautas. Y Jasón se prometió a sí mismo no volver a pasar por ella, dando un rodeo todos los días para acudir a clase
Pasaron los años. Jasón encontró trabajo en una librería. Vivía solo en un piso de las afueras decorado eficientemente pero con sobriedad. No había acumulado nada con los años. No tenía una colección de discos a pesar de su afición a la música (oía la radio), ni más de un par de libros en contra de lo que podría esperarse por aquello de su trabajo. Acudía regularmente a la biblioteca pública y con puntualidad los iba devolviendo. Había desarrollado con el tiempo un miedo patológico a la pérdida que no podía superar. Quizás por eso vivía solo.
El 22 de diciembre de 2009 a las 8 de la mañana y tras no haber podido dormir en la noche más larga del año, Jasón, ya con cuarenta años, decidió enfrentarse a sí mismo. Llamó al trabajo diciendo que estaba indispuesto, cogió el autobús al centro y tras bajarse en la calle Ítaca y respirar profundamente, se internó en Argonautas.
Sorprendentemente, la calle era la única del barrio que no había sido reformada desde su infancia. Seguían las mismas farolas y papeleras, los mismos comercios, bastantes con la persiana bajada, y hasta la misma calzada de pavés desgastada por los años con las aceras de asfalto negro llenas de grietas y abolladuras. Aspiró hondo y un penetrante olor a morcilla le hizo estremecerse. Algo llamó su atención en el suelo. Era un bolígrafo azul y blanco de cuatro colores. No, era SU bolígrafo. El que perdió hace 25 años. Reconoció las mordeduras de la parte superior como suyas. Siguió adelante. Apoyado en un árbol le esperaba su Sancheski naranja junto a un Burman-flash aún helado. Cuando se sentó apabullado al final de la calle, también había recuperado varios Pumbys, una caja llena de Palotes y Chimos, su paracaidista de plástico, el ratón-rotulador verde y el álbum de cromos de Mazinger-Z .
Durante días siguió acudiendo a Argonautas y recuperando sus tesoros. Estos iban apareciendo en el mismo orden en que habían desaparecido, así que Jasón comprendió que estaba cerca del final de su búsqueda cuando encontró su walkman en una papelera. Y en un banco al final de la calle apareció una caja con doce cassetes, entre ellos los de Radio Futura. Se sentó, insertó una cinta al azar y no se sorprendió cuando el motor se puso en marcha sin problemas con un ligero zumbido. Se llenó la boca de petazetas y se quedó mirando al vacío. Sintió un leve escalofrío cuando alguien posó suavemente la mano en su hombro. No necesitaba darse la vuelta para saber quién era. Curiosamente sonaba “La chica de ayer” de Nacha Pop. Se quitó los cascos y se giró. Ella dijo:
-Jasón… ¿Por qué eres Jasón, verdad? No te veía desde que íbamos juntos a clase…
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Si quieres ver todos los tesoros que recuperó Jasón, están aquí

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Mi abuelo era mohicano. O por lo menos eso decía él. En realidad se llamaba Manuel Pereiro y nació en 1927 en Ponteareas, provincia de Pontevedra. Nadie de su familia, incluidos nosotros, eramos mohicanos. Solo él.
Nada le distinguía del resto de los gallegos. Era de piel cetrina, no muy alto y usaba lentes bifocales por aquello de la edad. Le gustaba ir en bici a comprar el pescado en la plaza, fumar ducados y el punk. Decia que le recordaba a su pueblo originario, allá en la cuenca del río Hudson, y maldecía continuamente a los colonos blancos.
Cuando en verano mi hermana y yo íbamos al pueblo, siempre le pedíamos que nos contase historias de indios. Y él, en su viejo tocadiscos nos ponía un disco de los Dead kennedys, de los New York Dolls o de Bad Brains y cuando llevaba dos o más orujos en el cuerpo, nos bailaba torpemente una danza tribal o nos contaba los ritos iniciáticos de los mohicanos. Invariablemente, antes o después aparecían nuestros padres o tíos regañándonos. Decían que dejásemos en paz al abuelo, que él antes no era así, que perdió la razón con la prejubilación y que no debíamos alentar sus fantasías.
El día que el abuelo Manuel murió llovía, como es costumbre en Galicia. Mi familia se negó a enterrarle con su último deseo, que era que sonase “Teenage Kicks” de los Undertones mientras le bajaban a la tumba. Yo solo tenía nueve años, pero recuerdo nítidamente ver a dos o tres personas apartadas del resto de los asistentes al funeral. Eran de piel rojiza y a uno de ellos le asomaba una cresta rebelde bajo el sombrero.
Fueron los primeros en irse.

Braun

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